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Narcovacuna

“Tanto perico que hemos metido, hagámosle un retorno social a la gente. Hagamos esto”, fue la respuesta del narcotraficante Carlos Ramón Zapata a su socio y cuñado Juan Gabriel Úsuga cuando dos médicos les pidieron apoyo financiero para buscar una vacuna contra el VIH.

Texto: Pablo Correa Torres
@Pcorrea78

El domingo 18 de septiembre del año 2011 El Espectador publicó un artículo firmado por el periodista Norbey Quevedo. Se titulaba “El médico de la mafia”. Casi nunca me detengo en las notas judiciales, pero ese día me detuve en esa. Se trataba de un recuento de la vida de Carlos Ramón Zapata, un médico graduado en la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín, quien luego entró a la mafia hasta escalar a lo más alto del negocio.

En esa cumbre, cuando tenía todo lo que un hombre ambicioso puede soñar con tener: un avión privado, tres veleros, un helicóptero, apartamentos en Madrid, Nueva York y Cartagena, una casa en República Dominicana, fincas que abarcaban más hectáreas de las que era capaz de recordar, empresas boyantes... cuando estaba ahí, en esa cima, Carlos Ramón y su cuñado Juan Gabriel Úsuga, también narcotraficante, emprendieron un extravagante proyecto científico. Por sugerencia de dos médicos decidieron destinar una pequeña parte de su fortuna para fabricar una vacuna contra el VIH. En ese año, 1996, más de 20 millones de personas eran portadoras del virus.

El artículo de prensa no revelaba más que un par de detalles sobre el proyecto de la vacuna. Explicaba cómo ambos hombres habían aprovechado la guerra de los dos grandes carteles del momento, el cartel de Cali y el cartel del norte del Valle, para hacer crecer sus negocios con la gasolina de la discreción. Cada mes exportaban hacia Estados Unidos entre 1.000 y 1.500 kilos de cocaína.

¿Una vacuna contra el sida fabricada por dos narcotraficantes en Medellín? Recorté el artículo. Por muchas semanas seguí pensando insistentemente en esa extravagante empresa científica. ¿Cómo surgió la idea? ¿Quiénes colaboraron? ¿Qué era exactamente lo que pretendían hacer y cómo? ¿Descubrieron algo? ¿Cuánto había costado?.

En el libro Nuestro hombre en la DEA, el periodista Gerardo Reyes reconstruye la vida de Carlos Ramón y otros narcotraficantes que negociaron su libertad en Estados Unidos. Cuatro páginas del libro están dedicadas al proyecto de la vacuna, pero se concentran casi por completo en la narración de un trepidante viaje al Amazonas para conseguir los micos que requería el experimento. Sobre la ciencia detrás del Proyecto Ángel, como fue bautizado, no había una sola línea.

Decidí buscar a Carlos Ramón. Se suponía que luego de entregarse a la justicia norteamericana y pagar una condena de seis años en prisión, había sido detenido en Miami por fraude inmobiliario. De su cuñado tampoco había muchas pistas. Los ‘Cíclopes’ —como eran conocidos porque cada uno había perdido un ojo, pero esa es otra historia— seguían siendo tan esquivos como lo fueron por muchos años para la policía colombiana.

Todas las puertas que toqué se cerraron en mis narices. Incluyendo la del sistema de cárceles de Florida cuando respondieron con un escueto: “Gracias por su pregunta. Una consulta sobre el Sr. Carlos Ramón Zapata indica que no está retenido en ninguna instalación del condado. Por razones de seguridad, no se puede suministrar información adicional”.

Transcurrió casi un año desde esa primera búsqueda. Todas las preguntas seguían allí esperando una respuesta. Finalmente, un amigo de un amigo que conocía a Carlos Ramón y que se había negado a darme alguna pista, cedió a las súplicas y me entregó un correo electrónico que comenzaba con el alias de Jamesbond. Escribí un mensaje. Dos horas más tarde recibí una respuesta: “Soy Carlos Ramón, llámame tranquilo, no hay problema. Será un placer hablar contigo y ayudarte en lo que pueda”.

Miami y ‘Scarface’

Un mes más tarde viajé a Miami. Carlos Ramón llegó a la cita en una camioneta Land Rover negra. Se veía distinto al de la fotografía que acompañaba aquel artículo de El Espectador. Claro. La imagen fue tomada antes de entrar a la cárcel. Era una de esas fotos frontales y otra de perfil para las que posan todos los presos. Aparecía con una camisa sin cuello, calvo, la barba en candado y con mirada inexpresiva. Ahora iba vestido con ropa deportiva negra, gafas de sol y sonriente.

Saludó con acento antioqueño y puso en marcha el motor. Las calles de South Beach estaban iluminadas por un tenue sol y una brisa refrescante barría la ciudad. Las tiendas comenzaban a recibir a sus primeros clientes. Los turistas, las mujeres bronceadas, los viejos gringos pensionados, poco a poco invadían las playas.

Carlos Ramón señaló a lo lejos el edificio Portofino Tower, una torre de 44 pisos que domina el horizonte de Miami. Allí compró un apartamento en 1999, cuando recorría estas mismas calles en un Porsche Boxter modelo 1998. Sus vecinos eran Mike Tyson y la tenista Anna Kournikova.

Minutos más tarde pasamos frente al restaurante China Grill, donde cenó antes de entregarse a la DEA el 9 de febrero de 2000. Estaba cerrado. Luego giró rumbo a la playa y señaló la casa en la que se filmó Scarface, una de sus películas favoritas.

“En la película Scarface, el jefe de Scarface vive en esta casa y cuando Michel Pfeiffer sale con un vestido blanco de un ascensor de vidrio y él la ve, ahí es donde el malparido se enamora de la mujer del jefe”.

Cada rincón de Miami le traía a la memoria algún recuerdo de aquellos años dorados. Apuntó el índice a los bares donde en los años 90 la rumba duraba dos y tres días seguidos y tipos como él eran los reyes de la noche.

Contó que cada kilo de coca en Colombia vale unos US$3.000, pero puesto en las calles de esa ciudad puede llegar hasta US$80.000. Años atrás, los Cíclopes se ganaron la admiración y la envidia de sus colegas por inventar una de las rutas más exitosas de cocaína hacia Estados Unidos. La llamaban “la gorda”. Usaban unos gigantescos tanques en los que se importaba aceite a Colombia, para devolverlos llenos de kilos de coca.

Más tarde rodeamos la cárcel federal donde estuvo preso en la celda 13. Parqueamos en una de las calles detrás del enorme edificio de concreto con ventanas minúsculas. Guardamos silencio durante unos segundos. Esa fue su casa por seis años. Fue uno de los primeros narcos colombianos que dejaron de creer en que era mejor una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos y negoció con los norteamericanos.

Luego enumeró uno a uno los pisos y qué tipo de delincuentes albergaba cada uno. Tenía un mapa completo de la cárcel en la cabeza.

“Las mujeres les mostraban las tetas por las ventanas a los hombres del otro lado”, contó y se rio.

Los pisos enfrentados de hombres y mujeres hacían posible ese entretenimiento distante. Agolpados contra las ventanas, los presos de los pisos superiores podían divertirse con las imágenes sensuales que les ofrecían provocadoramente sus compañeras de prisión en los pisos bajos.

Para manejar el piso donde estuvo preso, para imponer su orden y su ley, gastaba cada mes entre US$3.000 y $5.000.

“Lo primero que se pierde allá adentro es la mujer”, dijo melancólico.

En la cárcel leyó los libros sagrados de todas las religiones. Leyó la Biblia de cabo a rabo. Leyó el Corán. Leyó el libro tibetano de los muertos.

Leyó el Bhágavad-guitá. Ninguno de esos libros, ninguna de esas religiones, le ofreció las respuestas que buscaba sobre la vida.

Paramos a desayunar en un restaurante en South Beach. En Big Pig. Le pregunté entonces sobre los años en la escuela de medicina de la Universidad Bolivariana de Medellín, cuando comenzaba a coquetear con el narcotráfico, cuando su vida pudo haber tomado otro rumbo y convertirse en cirujano.

Monólogo: coca-cola, café, ritalina y cirugías a la lata

Yo perdí el ojo en el 91. En estos días me encontré una foto del grado mío de médico. Todavía se me veía lo del ojo, porque lo perdí el 16 de febrero del 91.

Yo era el único que iba a la universidad con camiseticas así sin manga, ¿te acordás? Como Menudo. Ellos andaban con unas camiseticas así voladas. Yo era de pelo largo. Pero mirá el detalle del ojo, esperate yo te lo muestro, ¿sí ves que se me ve la cicatriz en el ojo?

El año de práctica como médico me salió en Apartadó. Llamaron a decir que había un cupo libre en ese hospital para asistente de cirugía. Y nadie quiso ir. ¿A Apartadó?, las huevas. Yo dije “hágale, yo me voy”. Mañana arranco. De una me paré. Me acuerdo que mi papá también dijo cómo se va a ir por allá. “¿Acaso le estoy pidiendo permiso, huevón?”, le dije a mi papá. Y salí y me fui. Yo ya no hablaba con mi papá. Acordate que lo del ojo fue el día de la bomba en la plaza de toros de Medellín, pero no fue la bomba, fue mi papá el que me hizo perder el ojo cuando me dio un puño.

Apartadó tenía un hospital de guerra. Eso era zona roja. Ahí estaban varios frentes de las Farc. Y eso era un combate permanente. Ningún médico quería ir. Pero si uno empezaba, ahí le daban puntos para entrar a la especialización de cirugía, y eso era lo que yo quería hacer.

Eso fue buenísimo allá, marica. Esa época fue muy buena. Porque eso era cirugía todo el día. Yo me metía a un turno de cirugía y eran 36 horas, viejo, sin parar, tomando café y ritalina.

Era pura violencia. Como médico te tocaban los politraumatizados y los bombazos y los heridos y los macheteados y fusilados y amputaciones de minas quiebrapatas. Yo me acuerdo que los enfermeros ponían unas cosas ahí en la mesa de cirugía y yo pensaba y esto qué, ¿esto está vivo?, ¿cómo es el orden de esto? Huyyy, jueputa, corte una pierna acá, cierre por allá. Parecíamos era carniceros.

En la primera semana a mí se me murieron dos muchachitos. Esa primera semana me asignaron a la unidad de cólera. Yo estoy ahí y toda la gente acostada en las camillas, con un rotico en la mitad, un balde debajo y la solución salina. Y me llega un niño. Y uno como estudia medicina basada en libros de medicina interna americanos, uno se sabe son las fórmulas americanas. El niño tenía como nueve años, estaba deshidratado. Yo lo primero que hago es transfundirle líquidos a la lata para poder recuperarlo e hidratarlo, y le aplico la tabla americana, ratacá, y el muchachito empieza a recuperarse.

Cuando veo que el niño se despierta como a los 15 minutos, abre los ojos, la lengüita mojada, ya se le ve una lágrima, yo ¡huyyy, puta, lo salvamos¡, cuando a los 20 minutos el pelaíto empieza a convulsionar, ¿qué pasó? Convulsionó y en la unidad de cólera los dos cagados hasta los ojos. Yo lo levanté y arranqué con él para urgencias.

¿Qué pasó?, me preguntó mi compañero. Lo recibí y le puse líquidos, contesté. Marica, ¿cuánto le metiste de líquido? Tanto, dije. Lo mataste, huevón, lo pasaste para el otro lado, lo hidrataste y lo pasaste. Pero marica, eso decía la tabla. Sí, huevón, pero esa es la tabla americana, para los gringuitos que viven en Estados Unidos comiendo bien.

El compañero me dice “fresco, parce, anótelo que ese es el primero suyo. Anótelo, que en una semana no se va acordar de ese”. Y salgo de ahí y la mamá me dice “doctor, a mí por lo menos me queda la tranquilidad de que lo traje a un hospital donde le hicieron lo que se debía hacer”. Eso era como si me clavara un puñal en el corazón. Esa noche casi no duermo.

Ese fue el primero. Y de ahí para adelante llegaban esos camiones, volquetas del municipio, con 8 o 10 heridos. Soldados. Trabajaba todo el día. Terminábamos de trabajar y era a beber. Esa era la única diversión allá. Todo era competencia. ¿Me entendés? Para ver quién era el mejor y tire ritalina como un hijueputa, y café. Café, cocacola y ritalina. Cuando dormíamos, dormíamos 24 horas seguidas.

Eso era lo mío. Yo veía sangre y armaba baile. Sabía que ya tenía todo para empezar a estudiar cirugía. Y ahí es donde matan a mi papá. Y es donde pido una licencia.

Traficando monos del Amazonas

Volvimos a la camioneta al terminar el desayuno. A dar vueltas sin rumbo por las calles y autopistas de Miami. Recorrimos Brickle, el centro financiero de la ciudad construido según Carlos Ramón con plata lavada del narcotráfico. “Aquí los bandidos se camuflan entre la sociedad”, dijo. El sol ya casi estaba sobre nuestras cabezas. Sofocante. Más adelante rodeamos Key Biscayne. La playa de los pobres. Así la llamó. La playa de los chichipatos.

Lo que empujó definitivamente a Carlos Ramón hacia el narcotráfico fue el asesinato de su padre. Aquel 25 de junio de 1992, mientras una lluvia de balas caía sobre el viejo comerciante y ganadero, el destino de su hijo cambiaba de dirección.

Le dijeron que fue Pablo Escobar quien dio la orden de matarlo. Los hermanos Castaño, que ya se destacaban como máximos líderes del paramilitarismo y conocían a su familia, le propusieron entrar a la guerra contra el capo. Carlos Ramón dijo que sí y sólo descansó cuando escuchó por radio, el 2 de diciembre de 1993, que Escobar estaba tendido en un tejado del barrio Los Olivos.

En esa guerra gastó buena parte de su herencia. Y en esa misma guerra se fue enamorando del dinero fácil, de las fragancias del poder, de la vida palpitante y glamurosa de los narcotraficantes. Su cuñado, quien ya llevaba un tiempo en el negocio le propuso trabajar como asistente. Juntos construyeron un emporio en pocos años. Juan Gabriel era frío, sistemático, calculador. Carlos Ramón era de sangre caliente, arrojado, temerario.

Si iba por respuestas sobre el proyecto de la vacuna, sentí que las tenía todas en mis manos cuando Carlos Ramón sacó de una maleta un libro negro argollado y me lo entregó. Era el tesoro que buscaba. La primera página decía: “Proyecto Ángel. Plan General. Medellín, septiembre 1997”. En esas 100 páginas había una descripción del proyecto, datos de la empresa que fundaron y bautizaron Centro de Investigaciones y Diagnóstico Médico Avanzado (Cidma S.A.), las personas que se vincularon, presupuestos, cronograma, un marco teórico y varias páginas con los documentos que presentaban a los pacientes para que dieran su consentimiento.

La idea, de acuerdo con estos papeles, nació de dos médicos colombianos en 1990. Durante cinco años, se lee en la introducción, “en condiciones bastante rudimentarias y sin utilizar la ortodoxia generalmente aceptada del método investigativo”, intentaron extraer de animales un suero que sirviera para modificar la respuesta del sistema inmunológico de los pacientes con sida.

“En algún momento en 1996 Juan Gabriel me llama y me dice que hay una gente que necesita una financiación para un proyecto de investigación de sida. Me dijo: andá mira vos que sí sabés de eso si es cierto o se van a robar la platica”.

Carlos Ramón se reunió con los médicos Juan Guillermo Arbeláez Uribe y Luis Carlos Moreno Bernal.

“Ya tenían unos cultivos. Unos sueros desarrollados en ratones y gatos. Los habían ensayado por allá con una vieja y se había vuelto seronegativa. Pero así todo empírico, en el garaje de la casa”.

Carlos Ramón preguntó dónde quedaba el laboratorio. “No tenemos laboratorio”, fue la respuesta, “es ahí en el laboratorio de la universidad, de contrabando. De la Universidad de Antioquia”.

Carlos Ramón regresó a donde su cuñado y le dijo que eso estaba bueno.

“Tanto perico que hemos metido, hagámosle un retorno social a la gente. Hagamos esto. Aparte de que si le pegamos a esto, marica, una vacuna del sida, ahí sí la sacamos del estadio”.

De acuerdo con los estados financieros de Cidma S.A, una empresa registrada ante la Cámara de Comercio de Medellín, los socios aportaron un capital inicial de $600 millones. Construyeron un laboratorio y un bioterio en el municipio de Santa Rosa, a unas dos horas de Medellín, para albergar a los animales. Era una finca pequeña en la que instalaron jaulas y reservaron un lugar para reuniones y oficinas. Carlos Ramón asegura que él viajó a Alemania para comprar algunos de los equipos de laboratorio.

Los médicos del proyecto Ángel decidieron replantearse el plan inicial. Concluyeron que era mejor dejar de lado las pruebas con ratones y gatos para utilizar monos aotus, los mismos con los que el inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo intentaba demostrar la eficacia de su vacuna SPf66 contra la malaria.

El entusiasmo del proyecto hizo que otros dos médicos se unieron al grupo. El alergólogo Calixto Herrera y el oftalmólogo Ivar Echeverri, cercanos a la familia de Carlos Ramón.

“A Patarroyo le mandamos a pedir permiso para tener unos monos y nos mandó para la verga. No le íbamos a rogar a ese viejo marica. Y arrancamos nosotros solos”.

Llenos de entusiasmo, un buen día de 1997 Carlos Ramón invitó a su novia Natalia, la hermana melliza de esta, dos amigas más, dos de los médicos, y partieron rumbo a Leticia en su avión privado, un King 300, de matrícula HK-3670. En una maleta llevaba unos 25 millones de pesos. Su cuñado le dijo que los micos no valdrían más de $20.000 cada uno, pero él se sentía más seguro con unos buenos fajos de dinero en la selva.

Los indígenas regresaron con 12 monos. Carlos Ramón les pagó 50.000 por cada uno.

“Era como una vuelta de traqueteo. De ahí para adelante empezó el camello. Lo difícil no era la comprada, sino la sacada de los monos.

Para no despertar sospechas separaron los monos en dos grupos y pagaron para que los guardaran en dos casas cerca del hotel donde se hospedaban. Compraron unos canastos pequeños en tiendas de artesanías y sobornaron a los guardias de seguridad en el aeropuerto para que no los revisaran.

El único detalle que no calcularon fue la presencia de policías en el aeropuerto. Cuando los vieron cerca de los guardias sobornados, todos se pusieron nerviosos. Cuando por fin lograron evadir la mirada curiosa de los policías y se subieron al avión, Pilotico, el piloto del avión, les advirtió que debía primero poner combustible.

Los policías se acercaron y les pidieron que se bajaran.

“Estamos en ese voleo, cuando en la puerta del avión sale un mico. Parado como un ser humano. Así chiquito. Y todos nos quedamos mirando ese mico. El mico bajó la escalera, miró para todos lados y cruzó la pista”.

Los policías, de acuerdo con el relato de Carlos Ramón, quedaron desconcertados porque no sabían si el mico había salido del avión o se había trepado ahí desde algún lugar.

Ya a punto de perder la calma, Carlos Ramón le ordenó a Pilotico subirse al avión y despegar con el combustible que tenían. Todavía faltaba un susto más. El otro mono que hacía pareja con el que se voló, salió debajo de una silla en pleno vuelo y comenzó a corretear por todo el avión.

“Mordió a Juan Guillermo cuando intentó atraparlo. Tirale la chaqueta, le dije. Las viejas gritaban, se movían y zarandeaban el avión. Una crisis la hijueputa. Muy heavy“.

Nace Frankenstein

La idea que sustentaba el proyecto Ángel, en principio, parece una locura. Pero como toda locura resultó escondiendo una dosis de verdad. El esfuerzo de los narcos guarda tras de sí una rica historia científica que se remonta al siglo XVII.

El primer caso de un xenotrasplante debidamente documentado ocurrió el 15 de junio de 1667 en París. Ese día Jean-Baptiste Denis, un médico al servicio del rey Luis XVI, y el cirujano Paul Emmerez se arriesgaron a transfundir sangre de cordero a un joven de 15 años.

El paciente, que sufría una fiebre severa, aparentemente se curó. Embriagados de entusiasmo, los dos médicos quisieron repetir el experimento. Cuenta el investigador Jack-Yves Deschamps, de la Universidad de Nantes en Francia, que uno de los nuevos pacientes fue un hombre de 34 años mentalmente enfermo llamado Antoine Mauroy.

Antoine murió luego de tres trasfusiones de sangre de cordero, el lunes 19 de diciembre de 1667. Las acusaciones fueron tan violentas por parte de los detractores de la terapia, que el Parlamento francés, el Parlamento Inglés y hasta el papa la prohibieron escandalizados.

Pero la historia de los xenotrasplantes apenas comenzaba. La idea de convertir el mundo animal en un gran botiquín era demasiado tentadora para abandonarla. Sangre de ovejas, huesos de perro para sellar heridas craneales, dientes humanos sembrados en crestas de gallos, porciones de páncreas de ovejas implantadas a niños diabéticos, hicieron parte de los experimentos mutantes que llevaron a cabo.

Mientras eso ocurría en cuartos de hospicios, sin anestesia, sin antibióticos, sin descubrir aún los principios de la sepsis, Frankenstein nacía en la imaginación de la escritora Mary Shelley hacia 1818 como un símbolo de aquella época.

Muy pocos de los pacientes sobrevivieron. Los cirujanos descubrían a fuerza de errores que llevamos ocultas en nuestros genes improntas moleculares que nos identifican como especie. Como un código de barras con el que se marca cada producto en un supermercado. Y cuando algo viola ese código de compatibilidad, nuestro sistema inmunológico reacciona de manera violenta.

En 1863, un médico y abogado francés, Paul Bert, apeló a la sensatez y escribió una tesis doctoral que tituló “De los trasplantes de animales”, en la que demostraba las posibilidades de los autotrasplantes, es decir, entre individuos de una misma especie, pero descartaba los xenotrasplantes, especialmente aquellos de animales a hombres. Una advertencia que fue desoída por el médico franco-americano Charles-Edouard Brown Sequard y el ruso Serge Voronoff.

Elíxir de juventud: testículos de bonobos

En 1889, cuando Brown-Sequard rondaba los 72 años, decidió autoinyectarse debajo de la piel un extracto acuoso que fabricó macerando testículos de perros y de cerdos de guinea. El experimento dio frutos y Brown-Sequard sintió un nuevo soplo de vida y creyó recuperar una dosis de su energía juvenil.

A la luz de la ciencia actual, el éxito que rasguñó el médico francés se explica porque estas glándulas, a diferencia de otros órganos, están protegidas del sistema inmunológico y por lo tanto cuando son trasplantadas, el receptor no las rechaza.

La buena noticia llegó a oídos del ruso Serge Voronoff, quien razonó que era mejor usar testículos de un animal más parecido a los humanos. Luego de mudarse de Rusia a Francia, comenzó a ofrecer a sus pacientes un trasplante de testículos de chimpancés y bonobos. El 12 de junio de 1920 realizó el primero de esos trasplantes, introduciendo rebanadas de testículo de un bonobo dentro del escroto de un paciente.

Como lo relató Deschamps, tres años más tarde ya eran 43 hombres los que habían recibido un xenotrasplante similar, 500 hacia 1930 y casi 2.000 hacia 1953, cuando murió Voronoff. Conseguir tal cantidad de testículos de primates no era una tarea fácil. El médico ruso alcanzó a soñar con enormes criaderos de monos escondidos en la Guyana Francesa, transportados por barco o avión hasta Francia. Imaginaciones que nunca se materializaron.

En archivos médicos también quedó consignado que Voronoff, presa de esa ambición divina por manipular seres vivos a su antojo, llegó incluso a trasplantar un ovario de mujer a una chimpancé bautizada como Nora, a quien luego inseminó con semen humano. Un experimento que nunca prosperó y el nuevo Frankenstein jamás nació.

Entre la década de los 20 y los 60 del siglo XX, los xenotrasplantes cayeron en el olvido. Pero el interés por esta terapia renació a mitad de siglo gracias a la aparición de drogas inmunosupresoras, medicamentos capaces de deprimir nuestro sistema de defensa y por lo tanto evitar el rechazo del cuerpo a los trasplantes.

Cuando los dos médicos antioqueños se acercaron a Carlos Ramón y su cuñado con la idea del proyecto Ángel, los xenotrasplantes vivían un renacimiento como aquel del siglo XVII.

Ese año, Michael Breimer en Suecia conectó dos pacientes a los riñones de un cerdo para dializarlos. En Rusia se intentaba curar diversas enfermedades haciendo pasar la sangre de pacientes a través del hígado de cerdos. Se hacían experimentos con riñones de hámster modificados genéticamente y se trasplantaban neuronas de fetos de cerdo a pacientes con la enfermedad de Parkinson.

En este contexto no era tan descabellada la idea de la narcovacuna contra el sida. De hecho, un médico norteamericano, Camillo Ricordi, planteó en 1994 más o menos la misma idea. Ricordi conjeturó que al xenotrasplantar células del sistema inmunológico resistentes al HIV se podría abrir una esperanza para los miles de pacientes afectados por esta epidemia.

La idea se ensayó en 1995, el 14 de diciembre, cuando un hombre de 38 años, conocido como Jeff Getty, recibió un trasplante de médula ósea extraído de un bonobo bebé. Nunca se pudo demostrar claramente los resultados.

Operación Milenio barre con todo

De acuerdo con los papeles del proyecto Ángel, luego de infectar con VIH a gatos y ratones, y más adelante a los monos aotus, los médicos procesaban la sangre para obtener un suero. Este suero —nunca explican en términos precisos cómo estaba compuesto— debía contener “una serie de elementos activos que podrían atacar directamente el virus o estimular el sistema inmunológico”.

“Ese suero se le metía en una sola dosis al paciente, que duraba unas 48 horas hospitalizado”, recuerda Carlos Ramón.

Los pacientes los reclutaban en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl. Buscaban candidatos entre los más enfermos y deteriorados. La primera paciente a la que se lo aplicaron fue una mujer en estadio terminal con infección pulmonar, herpes en piel, ganglios linfáticos agrandados, desnutrición severa y que pesaba 40 kilos. De acuerdo con los documentos, un mes mas tarde estaba en mejores condiciones de salud.

“Nosotros queríamos demostrar una reducción en la carga viral y que el tratamiento aumentaba las células CD4, que son las que atacan el virus”, continúa Carlos Ramón tratando de juntar pedazos de su memoria.

Los pacientes eran primero hospitalizados, para luego practicarles exámenes de laboratorio y monitorear su estado de salud. El día de la xenotransfusión debían estar en ayunas. El suero, apenas 5 mililitros, se inyectaba por vía intravenosa. Una vez se descartaba el principal riesgo de tal procedimiento, un shock anafiláctico, una reacción alérgica masiva, los pacientes eran dados de alta.

Los responsables del proyecto Ángel conocían los riesgos, sabían que jugaban con candela. Al final del documento escribieron: “se considera que este estudio, en el cual se emplea una herramienta aparentemente muy burda, abre una gran puerta al conocimiento... Así se obtengan resultados muy positivos de esta investigación, es mucho el trabajo que se debe realizar antes de promulgar la xenotransfusión como un instrumento terapéutico”.

Según lo dicho por Carlos Ramón ante un juez norteamericano, el suero que extrajeron de animales lo probaron en 26 pacientes terminales que dieron su consentimiento, 12 de los cuales murieron.

La operación Milenio, que se ejecutó en octubre de 1999, puso punto final a la búsqueda de la vacuna. Aquella operación, catalogada como la “más grande y más espectacular desde el desmantelamiento del cartel de Cali” por el director de la policía del momento, Rosso José Serrano (foto), se llevó a cabo en tres ciudades colombianas y simultáneamente en Ecuador y México. En Colombia fueron capturadas 31 personas, entre ellos el legendario capo Fabio Ochoa. Carlos Ramón se salvó de aquella redada, pero no le quedó otra opción que esconderse. Un año después se entregó a la DEA.

Luis Carlos Moreno, uno de los integrantes iniciales del proyecto, al parecer intentó traficar algunos kilos de coca a través de Cuba, pero fue puesto preso en la isla. Esa es la historia que le contaron a Carlos Ramón años más tarde. Juan Gabriel Úsuga también pasó un tiempo en prisión.

“Cualquier laboratorio interesado podía continuar con el proyecto”, dice Carlos Ramón, todavía convencido de aquella idea.

Años más tarde, el Osito, Roberto Escobar Gaviria, hermano de Pablo Escobar, quiso robarse el crédito del proyecto Ángel asegurando que él había intentado buscar la cura para el sida.

Ninguno de los médicos que participaron en el proyecto aceptó hablar sobre el tema. Todos colgaron el teléfono horrorizados con la idea de revivir ese pasado en el que la ciencia, la locura y el narcotráfico se encontraron cara a cara en la violenta Medellín de los noventa. Así que todos los rastros que sobreviven de esta historia pertenecen a Carlos Ramón. Si algún día alguno de ellos cuenta su versión, servirá para saber dónde empezaba y terminaba la realidad del proyecto Ángel. Servirá para llenar huecos de la memoria del Cíclope y corroborar mentiras y verdades.

Buenas intenciones, una mala idea

Esa era una idea extremadamente simple para fabricar una vacuna contra el VIH”, explica un inmunólogo antioqueño que ha trabajado en sida por varias décadas y conoció a Calixto Herrera, el médico alergólogo que se involucró en el proyecto Ángel.

Las vacunas creadas a partir de sueros extraídos de animales o humanos han funcionado en muy pocos casos. Funcionaron en el caso del virus de la rabia, de tétanos y difteria, pero han fracasado en decenas de enfermedades, entre ellas el sida. En el caso de la rabia el éxito se explica porque una vez este virus entra al cuerpo, tarda unos ocho días en alcanzar el sistema nervioso central. Durante esa ventana de tiempo, si la persona afectada recibe un suero que contenga anticuerpos, proteínas que funcionan como balas y destruyen elementos extraños en la sangre, es posible neutralizar el virus y evitar que avance.

“No es el caso del VIH. La razón por la que la vacuna de los narcos iba a fracasar es sencilla”, explica el inmunólogo. Una vez entra al cuerpo, el VIH se esconde dentro de unas células de nuestro sistema inmunológico conocidas como linfocitos CD4. Allí adentro, el virus aprovecha la maquinaria genética de la célula para producir copias de sí mismo. Ese refugio celular impide que los anticuerpos lleguen hasta él.

“El VIH no se puede combatir con anticuerpos. Son los linfocitos T citotóxicos, unas células del sistema inmunológico, las que eventualmente pueden matar a las células infectadas con el virus. Una vez el virus entra a las células, se esconde allí y los anticuerpos no hacen nada. Podrían bloquear un poco la transmisión célula a célula, pero no destruir el virus”, remata el inmunólogo.

Por esta razón, muchos grupos de investigación en el mundo han apostado por aprender a manipular los genes del VIH para insertarlos en otros virus inofensivos y una vez inyectados a los humanos, enseñarle a las células del cuerpo a reaccionar contra él y eliminarlos. Pese a los millones de dólares invertidos, aún no existe una vacuna eficaz.

El VIH es sin duda un enemigo que subestimaron el grupo de narcotraficantes y médicos antioqueños. A pesar de constituir una de las formas más simples de vida, un virus como el VIH es lo suficientemente complejo para desafiar nuestro conocimiento científico. Para entender, por ejemplo, su estructura molecular, compuesta por 64 millones de átomos, fue necesario usar un supercomputador con el poder de cálculo de 150.000 computadores portátiles. Sólo en esta última década ha sido posible conocer la anatomía del virus para intentar atacarlo con nuevos fármacos y eventualmente con una vacuna.

Última parada: la casa del santero

Antes de despedirnos entramos a Kendall, un barrio de casas tranquilas y espaciosas, con pastos perfectamente podados. Nos detuvimos frente a una de esas casas. Carlos Ramón timbró y una mujer menuda, con acento brasileño, vestida de blanco y embarazada, abrió la puerta.

Se saludaron efusivamente. Como viejos amigos. Apenas traspasamos el portón, recorrimos un antejardín invadido por un olor nauseabundo. En el piso estaban regadas figuras de santería cubana. Cráneos de aves reposaban sobre estatuillas de madera.

Entramos a la casa y un hombre corpulento, moreno, de unos 50 o 60 años, salió al encuentro de Carlos. Se estrecharon las manos, me presentó y luego se encerraron en un cuarto a espaldas de la sala. La casa estaba desordenada. Un niño de unos cuatro o cinco años con problemas en la cadera, alguna malformación, gateaba de un lado para otro haciendo más truculenta la escena. La mujer brasileña regresó a la cocina y siguió cortando verduras.

Por una persiana de la sala me asomé hacia el patio y vi corrales de distintos tamaños. Unas jaulas pequeñas en las que apenas cabía una paloma. Y un corral lo suficientemente espacioso para acomodar un cabro o un becerro. Sentados en taburetes, dos hombres conversaban. Uno amolaba cuchillos. El otro cortaba yerbas. El patio estaba lleno de mesas, cubetas, instrumentos metálicos.

Carlos Ramón y el santero permanecieron media hora a solas. Horas antes me había contado que cuando volvió a la cárcel por segunda vez, tuvo mucho miedo de perder el caso judicial. Si lo declaraban culpable, se exponía a una pena mayor que la que había negociado cuando se entregó la primera vez. Ahora ya no sería un colombiano que había entrado a la guerra para vengar la muerte de su papá asesinado por Pablo Escobar, un hombre que se había dejado arrastrar al negocio del dinero fácil pero que había intentado buscar una vacuna contra el VIH y colaborado con la justicia para que atraparan a otros narcotraficantes. Esta vez sería un delincuente reincidente. Y eso merecía una pena sin contemplaciones.

Cuando su panorama jurídico parecía oscurísimo, alguien le habló de la santería y del viejo cubano. Le hablaron de los favores que podían lograr los orishas. Escuchó por primera vez historias sobre Elegba, el dueño de los caminos y el destino; sobre Ogún, dios de la guerra; también sobre Shangó, dueño del trueno y la justicia, y de Naná Burukú, maestro de la venganza. Eran dioses más familiares a ese mundo de enemigos y aliados que conoció en Medellín.

Carlos Ramón sabía que no perdía nada investigando quién era ese hombre cubano del que hablaban sus amigos. Entonces le pidió a su novia que visitara al viejo cubano, quien le envió un mensaje de vuelta: “que estaba parado en la salida de la cárcel, pero mirando hacia el lado que no era”.

Carlos Ramón rumió y rumió ese mensaje muchos días y noches hasta que encontró un significado. No creía en la santería, pero esa frase le sirvió para pensar sus problemas de una manera fresca y nueva. Concluyó que debía cambiar su estrategia de defensa jurídica. Así se lo hizo saber a su abogado y replantearon juntos el caso. La nueva estrategia jurídica, inspirada en las palabras del santero, rindió frutos y meses más tarde Carlos Ramón recobró su libertad. Movido por la curiosidad, fue hasta esa casa en Kendall a conocer al viejo cubano. Más allá de su trabajo como santero, Carlos Ramón descubrió a un hombre práctico, un hombre que conoce a los otros hombres y sabe dar consejos. Se hicieron buenos amigos.

Antes de salir de aquella casa, pasamos por un cuarto junto al garaje. Un olor más fuerte y nauseabundo que el de la entrada nos envolvió.

“Es el cuarto de los sacrificios”, me explicó Carlos Ramón, ¿lo quieres ver?

Dije que no. Fue el mismo no que me repetía cada día que fui estudiante de medicina y tenía que atravesar la sala de urgencias del Hospital Universitario Ramón González Valencia en Bucaramanga. Antes de abandonar esa carrera por el periodismo. Fue un no que de repente me ayudó a entender la atracción y fascinación por la historia de Carlos Ramón, la historia de los destinos que cambian en un instante de la vida y luego no hay vuelta atrás.

Había oscurecido cuando salimos de aquella casa. Carlos Ramón me dejó en el mismo punto de South Beach en el que nos encontramos esa mañana y luego la noche se tragó aquella camioneta negra.

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Créditos

Texto: Pablo Correa Torres

Diseño y montaje: Rowilsonh

El Espectador

2014