Casanare, la tragedia en 150 segundos

Desde hace cuatro meses una intensa sequía agobia al municipio de Paz de Ariporo.

El Espectador recorrió la zona y esto fue lo que encontró.

En las más de cinco horas en carro que hay entre el municipio de Paz de Ariporo y las veredas agobiadas por la sequía, el paisaje se antoja desolador. A lado y lado de la carretera se ve una llanura interminable en la que abundan las haciendas arroceras que decoran sus portones con cráneos de reses. En su inmensidad, muy pocas tienen aún rastros de pasto verde.

Es usual que en ese largo camino que hay entre el municipio y las fincas afectadas, transiten tractomulas cargadas de crudo. A su paso por esos 150 kilómetros, de los cuales hay más de 100 sin pavimentar, levantan grandes cantidades de polvo que llegan, incluso, a las casas que están a la vera de la carretera. Los campesinos se quejan con constancia de su presencia y lamentan que, pese a la extracción petrolera, todavía no tengan vías en buen estado.

A lo largo del recorrido es frecuente hallar chigüiros que tratan de sobrevivir estáticos en escasas pocetas de agua y áridos terrenos. Los roedores, para algunos habitantes, han llegado a ser, por su capacidad de reproducción, una plaga que se roba o contamina el agua dispuesta para el ganado.

Al llegar a las veredas de Caño Chiquito, Centro Gaitán y Normandía, que suman en total poco más de 75.000 hectáreas, los cadáveres comienzan a aparecer con mucha más frecuencia. Las autoridades y la comunidad hacen lo posible por enterrarlos. Las cifras oficiales hablan de alrededor de 6.000 animales muertos sumando reses, babillas y tortugas. Los campesinos de la región hacen cálculos de 20.000.

6.000animales muertos

Basta adentrarse en la llanura para que aparezcan más cuerpos inermes que, probablemente, por la extensión del terreno, es difícil que hagan parte de los censos que llevan a cabo las autoridades. Babillas calcinadas, osamentas de chigüiros y uno que otro cráneo de algún cerdo salvaje hace parte de los restos que por estos días invaden al Casanare.

Hasta el viernes de la semana pasada, según la Defensa Civil, habían 25 carrotanques en la zona, surtiendo de agua varios pozos cercanos a los animales. Esa solución, sin embargo, se les antojó insuficiente a varios líderes del Casanare. “El líquido —dijeron unos— apenas puede durar unos tres o cuatro días. Luego se volverá a secar”.

El recorrido por esas llanuras inmensas está atravesado por una infinidad de olores que se desprenden de la cantidad de cadáveres que, durante días, han estado a las orillas de la carretera. Para solucionar ese problema se han dispuesto un par de retroexcavadoras.

La tarea de algunas de las máquinas es intentar recoger, con ayuda de la Policía, parte de la infinidad de cuerpos que hay en el Casanare para luego cavar una especie de fosas comunes donde puedan enterrarlos. Al detallar el suelo, es posible percatarse de que no son pocas las que se han hecho en días anteriores. / Foto: Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo.

La gran preocupación de los ganaderos es, sin duda, la escasez de agua que han tenido que padecer las reses. Muchas de ellas han tenido que hacerle frente a la sequía mientras los chigüiros invaden los pocos pozos de agua. En ellos orinan y defecan y eso, dicen los campesinos, puede causar enfermedades al ganado.

Aunque ya no se logra ver cadáveres de vacas y cuerpos atascados en el lodo, es evidente la languidez de sus figuras. Sus marcadas costillas y caderas abundan en todo el territorio.

Sin embargo, es inevitable tropezarse de vez en cuando con terneros agonizantes. Sus débiles cuerpos, claro, son mucho más susceptibles a este intenso verano que, según varios campesinos de la región, jamás habían presenciado.

La solución para evitar que los hatos fallezcan ha sido cavar pozos para extraer el agua subterránea. Los ganaderos los hacen un par de metros más altos para evitar que los chigüiros puedan acceder a ellos. En muchas ocasiones, ante la inexistencia de aire para mover los molinos de viento que permiten extraer el agua, deben utilizar motobombas. Ello implica transportar constantemente galones de gasolina desde largas distancias.

¿De quién es la culpa? La pregunta, hasta el momento, nadie la ha resuelto. La carencia de estudios que muestren cómo se han afectado los suelos ha imposibilitado tener conclusiones. Pero cuando se les cuestiona a los campesinos sobre el tema no dudan en responsabilizar a las petroleras con las que han tenido interminables conflictos por contaminación y pérdida de territorio. Esa, sin embargo, es solo una hipótesis que nadie ha logrado comprobar.

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Créditos:

Fotografías, Video, Edición: Sergio Silva Numa

Diseño y montaje: Rowilsonh

El Espectador

2014